Libro de Horas Malet-Lannoy


El manuscrito Walters Ms. W. 281, conocido como Libro de Horas Malet-Lannoy, fue confeccionado entre los años 1420-1440 para el uso de Roma en París o el norte de Francia, como sugiere la inclusión de un calendario con la presencia de Santa Avia. Aunque la identidad del propietario original no ha podido ser esclarecida, sí se conoce que perteneció a Thomas Malet de Berlettes y Jeanne de Lannoy, ya que su escudo de armas aparece nada menos que 35 veces a lo largo del libro; de ahí el nombre con el cual se ha popularizado. Es probable que, coincidiendo con su matrimonio, se añadiera la miniatura en la que aparece la boda de María y José, una escena no demasiado frecuente en los libros de horas y que, además, en este caso resulta algo inquietante, dada la actitud fría y distante de los contrayentes.


folio 30v


Se ignora la peripecia que sufrió el libro hasta el siglo XX, cuando aparece en poder de Alfred H. Huth (fallecido en 1910). Fue vendido por la casa de subastas Sotheby's, de Londres, el 12 de junio de 1913, en el lote número 3803. El 13 de junio, Henry Walters recibió una carta de León Gruel, de París, ofreciéndole el manuscrito, quien lo compró y lo conservó en su residencia de Nueva York hasta que lo trasladó a su morada actual, en la galería homónima en Baltimore, el 7 de marzo de 1921. Todas estas informaciones figuran en la web que la institución mantiene en la red.



El manuscrito, cuyos textos están escritos con caligrafía gótica en lengua latina sobre pergamino, no conserva su encuadernación original (la actual es del siglo XVIII), y consta de 242 folios, más dos adicionales. El formato es de 210 mm de alto, mientras que el ancho que figura en la catalogación de la Galería Walters (215 mm) no es correcto, ya que el libro tiene una disposición vertical. La superficie escrita es de 115 mm por 63 mm.


folio 119r


En cuanto a la iluminación, contiene 27 miniaturas de notable valor artístico, ejecutadas con buen gusto y una gran unidad estilística que ha sido relacionada con el Maestro de Morgan 453 y el Maestro de las Horas de Bedford. La decoración de los bordes no es extravagante, sino armoniosa aunque muy profusa, formada por acantos y flores con salpicaduras en oro; al pie, es frecuente la presencia de aves, a veces en pares confrontados, si bien en algunas páginas también aparece en las esquinas superiores. En el folio 30v, agregado con posterioridad, se ven varios ángeles tocando instrumentos y, bajo la miniatura, una viñeta de una mujer hilando al aire libre. La excepción es la miniatura de la Anunciación (folio 31r), cuya decoración en los bordes incluye varias viñetas en formato de medallón, con ángeles y la figura de Dios Padre en la esquina superior derecha.



Libro de Horas del conde de Nassau


El Libro de Horas del conde de Nassau es un manuscrito que se ajusta al rito dominico y se encuentra depositado en la actualidad en la Biblioteca Bodleiana de Oxford, con la signatura 219-220. Fue ejecutado en pergamino para el conde Engelbert de Nassau en un taller de Gante en torno a la década de 1470-1480 por el llamado Maestro de María de Borgoña, cuyo nombre proviene del hecho de haber iluminado el célebre libro de horas de la reina. Está considerado como una de las cumbres de la iluminación flamenca.




La obra fue caligrafiada por el célebre Nicolás Spierinc. La identificación de los primeros comitentes resulta difícil de abordar, ya que las armas han sido repintadas en diversos pasajes del libro. La insistencia de la iconografía usada en el manuscrito sobre aspectos bélicos y cinegéticos apuntan a un personaje que compartía los valores medievales de la caballería y la aristocracia; además, el culto deparado a ciertos santos, como Sebastián y Cristóbal, o al rey David, abundan en esa dimensión virilizada y guerrera que destila toda la obra.

El manuscrito habría sido adquirido por Engelbert II de Nassau, quien le habría añadido sus propios armas y su lema persona («Ce sera moy »), así como unos nuevos bordes; sin embargo, otros autores insisten en que él fue el comitente original. Ambas tesis cuentan con pruebas a favor y en contra: por ejemplo, el calendario apenas guarda ninguna relación con el mundo en el que vivía el conde.




Tiempo después, la obra llegó a manos de Felipe el Bueno, el cual ordenó por su parte que fueran pintadas sus armas en varias de las páginas del libro, rodeadas con el collar de la Orden del Toisón de Oro a la cual pertenecía. El rastro del manuscrito se pierde hasta mediados del siglo XVIII, cuando aparece en poder de Charles-Adrien Picard; en 1780, pasa a formar parte de la colección de una familia parisina, y en 1791 es vendido en una subasta celebrada en Londres a Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle. El libro pasa a formar parte de la Biblioteca Bodleiana en 1834.




En la actualidad, se encuentra encuadernado en dos tomos, aunque originalmente sólo lo estaba en uno. Contiene siete miniaturas a toda página y 31 a media página, reunidas en tres grandes ciclos: la Pasión de Cristo (8), la Vida de la Virgen (16) y escenas de la vida del rey David (7). Además, incluye numerosas escenas marginales dedicadas a la caza y a los torneos, organizadas en sendos ciclos de carácter temático.





Libro de Horas de Gillet Hardouyn


Una de las características del Libro de Horas de Gillet Hardouyn, depositado en la Biblioteca de la Academia de las Ciencias de Budapest, es que no se trata de un códice manuscrito, sino de un libro impreso. Sin embargo, evoca las características materiales de los manuscritos, puesto que fue impreso sobre pergamino e iluminado con imágenes coloreadas a mano. Por su técnica y por su datación, pertenece a un período de transición en el cual los manuscritos poco a poco se estaban viendo desplazadados por los libros impresos. El libro de horas que nos ocupa combina aspectos de ambas épocas (medieval y renacentistas): la decoración está compuesta de grabados en madera, si bien las miniaturas a toda página, y algunas de las de menor tamaño, fueron coloreadas a mano con acuarelas.



El segundo aspecto que hace a este libro de horas diferente, respecto a la mayoría de los ejemplares ejecutados artesanalmente, es que no se trata simplemente de uno libro de oraciones, sino también de un devocionario o libro de meditación. Así, contiene textos del Nuevo y el Antiguo Testamento, decorados con grabados, dispuestos al estilo de la Biblia Pauperum, de modo que ciertas escenas de los Evangelios encuentran su prefiguración teológica en otros pasajes de la Ley mosaica. Esta dimensión dialógica entre ambos textos amplía el calado espiritual del texto del libro, que deja de tener una función mnemotécnica para vislumbrar unas cotas más elevadas de reflexión y devoción, mirando hacia el futuro. No debemos olvidar que nos encontramos ya en una época (principios del siglo XVI) en la que empiezan a circular traducciones en lenguas vernáculas de las Sagradas Escrituras, con lo cual el acceso a los textos esenciales del cristianismo eran más familiares a los usuarios de este tipo de libro. Ya no bastaba con reproducir pequeños fragmentos de la Pasión o de algún Evangelio concreto; había que seducir al posible comprador con un mayor surtido de alicientes religiosos.




El libro, que está escrito principalmente en latín, posee un encabezamiento que alude a una procedencia francesa: "Heures a lusaige de Romme tout au long sans riens requerir. Auec les figures de lapocalipse et plusieurs aultres hystoires: tant de lancien que du nouueau testament. Nouigement imprimees a Paris par Gillet Hardouyn imprimeur et Libraire de luniversite de Paris: demourant au bout pont nostre dame deuant saint Denis de la chartre a lens own de la Rose", es decir: (Libros de horas) al uso de Roma en toda su extensión, sin necesidades adicionales. Con figuras del Apocalipsis y de muchas otras historias, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Publicado de nuevo en París por el impresor y librero de la Universidad de París, Gillet Hardouyn, al final del puente de Notre Dame, al otro lado del monasterio cartujo, en la Casa Rosa. Asimismo, se puede ver el emblema de Hardouyn en la primera página del libro: describe una escena mitológica donde Hércules, con su arco y su flecha, apunta al centauro Neso, que se lleva secuestrada a Deyanira. La imprenta y librería de Hardouyn fue uno de los establecimientos más importantes en la producción y distribución de libros de horas impresos a finales del siglo XV y principios del XVI.

Aunque el libro proporciona una información precisa y completa sobre el título de la obra y quién la fabricó, omite sin embargo el año de impresión, tanto en la primera como en la última página. Aun así, gracias al análisis del calendario de Pascua que incluye el volumen (en el cual se prevé en qué fecha caerá desde 1510 hasta 1531), hay que concluir que apareció en ese primer año, o a finales del año anterior.




El libro de horas depositado en la Biblioteca de la Academia de las Ciencias de Budapest no es un volumen que satisfaga los deseos concretos de un cliente especial, como solían hacer los manuscritos iluminados medievales, ya que se produjeron varias copoas del mismo, sin ningún género de dudas. Tampoco se ajustaba a peculiaridades de un país o diócesis en concreto, como sí hacían los ejemplares del siglo anterior; el hecho de estar confeccionado según "el uso de Roma" da a entender que se dirigía a un público genérico, cosmopolita, lo cual favorecía su exportación. Este carácter 'anónimo' se refleja también en las ilustraciones, ya que todas las que aparecen en el libro son de carácter tradicional, sin rasgos personales o alusiones a un propietario en concreto. Incluso en la primera página figura un espacio en blanco, destinado para la impresión del escudo de armas o emblema familiar del propietario. Por ello, no es posible determinar el modo en que este libro fue a parar a Italia, ya que se sabe que en el siglo XIX perteneció a la familia Gazzaniga y fue depositado en la biblioteca Carimate, como delata el sello de la misma. En el año 1929 el ejemplar llegó a la Academia húngara (con la signatura Ant. 76), junto con otros libros del conde Ferenc Vigyazo, quien pagó por él una suma muy elevada, 450 florines.

El volumen consta de 92 folios con un formato de 235 x 148 mm, y en su estado original estaba encuadernado en terciopelo con cierres de plata. Durante la restauración del ejemplar, salió a la luz una encuadernación original en piel.



Libro de Horas para Jeanne d'Evreux


El Libro de Horas para Jeanne d'Evreux, reina de Francia, es uno de los ejemplos más tempranos del género, el cual se desgajó del salterio a finales del siglo XIII (con un género mixto de transición, llamado Salterio de las Horas). Compuesto para uso dominico en Francia, hacia el año 1325, se ha atribuido a uno de los pocos maestros iluminadores de la época cuya identidad ha sido confirmada: Jean Pucelle. Consta de 209 folios y 25 miniaturas a toda página. Su diminuto formato, de 9 x 6 cm, no le impidió ilustrarlo con miniaturas de gran calidad y originalidad, en grisalla, además de viñetas, drolerías e iniciales. En la actualidad se encuentra depositado en el Museo Metropolitano de Nueva York.



Las miniaturas del manuscrito se organizan en dos grandes ciclos: al principio de cada Hora del Oficio de la Virgen, se incluyen en folios contrapuestos escenas de la Pasión de Cristo con otras de la propia vida de María. En la ilustración que se reproduce arriba, por ejemplo, vemos la Crucifixión y la Adoración de los Magos articuladas a mano de díptico, lo cual redunda en un contraste muy llamativo a nivel teológico. Mientras que la miniatura a toda página de la izquierda carece de ornamentación adicional, en los márgenes lateral e inferior de la de la derecha se incluyen decoraciones sumamente atractivas, concebidas como una unidad gráfica que imprime personalidad al conjunto.



Esta misma naturaleza dual volvemos a encontrarla en estas dos miniaturas contrapuestas del Entierro de Cristo y de la Huida a Egipto, cuya carga emotiva se ve notablemente potenciada por el gesto de cariño de María hacia su hijo en ambas escenas. Se trata de una organización de la sucesión gráfica que supera con mucho la que se suele encontrar en los manuscritos iluminados, incluso de épocas muy posteriores, y remite más bien a la pintura de altar.




Sin abandonar el estilo gótico internacional, Pucelle acusa la influencia de la pintura franco-flamenca. Su trazado es definido, preciso y enérgico, pero elegante y ponderado. El uso de la grisalla, con toques de color, es magnífico, y acentúa la homogeneidad estilística del manuscrito. Aunque nos encontramos todavía en un mundo medieval, en el cual el paisaje carece de importancia y la representación de las figuras se desarrolla en un espacio prácticamente plano, la poderosa personalidad del artista abre nuevas sendas que, con el tiempo, recorrerán los iluminadores de la escuela de Tours, con Jean Fouquet a la cabeza.



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El aspecto de ventana: usos del trampantojo en los libros de horas


En el siglo XV, los maestros iluminadores decidieron resolver el problema de la representación del espacio tridimensional sobre una superficie plana mediante la aplicación de una perspectiva basada en un único punto de fuga. En un libro, la combinación en el mismo folio de un texto y una imagen tridimensional debía provocar, necesariamente, cierta dosis de confusión para el ojo que debía pasar de un plano al otro sin solución de continuidad. En un primer momento, los iluminadores trataron de solventar el conflicto rodeando el texto con un tipo de borde a su vez bidimensional, de modo que se formaba una especia de zona neutral entre la escritura y la miniatura.


San Marcos, Libro de Horas de Juana la Loca, f. 189

En la miniatura de Santa Bárbara del Libro de Horas del conde de Nassau, iluminado por el Maestro de María de Borgoña, el borde asume una función completamente diferente. Ante todo, porque simula una tercera dimensión. El truco del trampantojo provoca la ilusión óptica de que las margaritas hayan sido esparcidas por encima de la página. Llevando su técnica a un extremo humorístico, el artista ha pretendido hacernos creer que una libélula se ha dejado engañar por su pintura y se ha posado sobre las flores como si fuesen reales. Nos lleva un momento percibir que también el insecto ha sido, a su vez, pintado.

El uso de trampantojos en los bordes no era nuevo, y su uso remonta hasta principios de siglo. Encontramos algunos ejemplos en la obra de los hermanos Limbourg, por ejemplo en las Muy Ricas Horas del Duque de Berry y en el Libro de Horas de Catalina de Cleves. Algunos de los primeros bordes conocidos de este tipo son italianos, de finales del siglo XIV, y experimentaron un desarrollo paralelo en Italia, especialmente en manuscritos ejecutados en Ferrara, Padua y Venecia.

La innovación del Maestro de María de Borgoña reside en el modo en que combina estos bordes el texto con las miniaturas en un conjunto coherente. Descubrió que la solución al problema pasaba por enfatizar la superficie plana de la página y poner en relación el borde y la miniatura con ella, de modo que las tres instancias sean percibidas desde un único punto de vista unificado. El resultado es una serie de niveles relacionados entre sí: el más próximo a nosotros son las flores que parecen ocupar el primer plano de la página, a continuación viene la propia página y, por último, "detrás" de ella la escena pintada en la miniatura. Para lograr este efecto de profundidad, las flores han de ser pintadas en trampantojo; la página, por su parte, actúa a modo de pared detrás de la cual se abriría el mundo "real". Cuando contemplamos la miniatura de Santa Bárbara, tenemos la impresión de que la página se ha convertido en un tabique al que se le ha practicado una ventana a través de la cual podemos ver el exterior.

Esta impresión es igualmente notable en la miniatura dedicada a la Adoración de los Magos, en el mismo manuscrito; la ilusión de contemplar la escena a través de una ventana es completa.


Libro de Horas del conde de Nassau

El profesor Pichet ha analizado el desarrollo de la "miniatura con aspecto de ventana", como lo ha llamado esta nueva relación entre el borde y la escena principal. Sus fuentes se remontan hasta la Virgen de Rolin, de Jan van Eyck (c. 1435), cuyos pasos siguió el MMB en dos famosas miniaturas de su Libro de Horas para María de Borgoña. En ambos casos, los artistas pintaron la propia ventana real, a través de la cual pordemos divisar la escena que se desarrolla detrás. En una miniatura, aparece María de Borgoña sentada, leyendo junto a la ventana; en otra, ya ha abandonado la estancia y sólo vemos su joyero, su rosario y un libro a modo de bodegón sobre el alféizar.


Libro de Horas de María de Borgoña

El siguiente nivel, que ya hemos visto, es el abandono de la excusa anecdótica del bodegón para pasar a esparcir de manera aleatoria flores o joyas sobre el fondo de color. De hecho, dos miniaturas contemporáneas muestran a dos damas volcando cestas de mimbre llenas de flores sobre los bordes. Al igual que en los bordes, las flores deben ser representadas con todo lujo de detalles ya que han de provocar la impresión de encontrarse más cerca de nosotros, como si estuvieran bajo una lupa, de modo que las figuras y los objetos de la miniatura en sí deben ser pintadas con menor precisión, ya que se supone que están más lejos. Ayudado, probablemente, por el pequeño tamaño de las miniaturas, el MMB se inclina por representar los objetos de un modo impresionista, sin perfiles precisos, concentrándose en las efectos cromáticos y el hábil uso de la luz y la sombras. Basta con comparar la representación de las flores en el jarrón en la miniatura de Santa Bárbara con las que aparecen en el borde de la misma para comprobarlo.


Huida a  Egipto, Vat. Lat. 10293,  fol. 126v


Un ejemplo consumado del trampantojo en forma de ventana es el libro de horas con la signatura Vat. Lat. 10293, depositado en la Biblioteca Apostólica de El Vaticano. El ciclo de miniaturas que constituyen las Horas de la Virgen aparecen insertadas en marcos arquitectónicos que simulan galerías talladas en madera dorada, a modo de galerías abiertas al exterior, donde se producen los distintos episodios descritos en las escenas: la Anunciación, la Visitación, la Natividad, la Anunciación a los pastores, la Adoración de los Magos, la Presentación en el templo, la Masacre de los inocentes, la Huida a Egipto y la Coronación de la Virgen. Se trata de una serie magníficamente ejecutada en la cual la fusión entre marco y escena principal se ha realizado de forma completa, sin vacilaciones ni torpezas. La labor del maestro iluminador resulta especialmente encomiable pues este manuscrito flamenco, confeccionado en Gante o Brujas hacia el año 1500 por un artista influido por Simon Marmion, es de muy pequeño tamaño (107x78 mm), por lo que la complejidad es mucho mayor.



Santiago Apóstol, fol. 411v de las Muy Ricas Horas
de Juana I de Castilla. Add. Ms. 18852 de la Biblioteca Británica 


Una última muestra del trampantojo en forma de ventana lo brindan las Muy Ricas Horas de Juana de Castilla, un manuscrito depositado en la Biblioteca Británica, donde abundan las miniaturas enmarcadas por una estructura de madera simulando una capilla que se abre a la escena que se pretende ilustrar. El efecto es perfecto y consigue integrar de manera armoniosa y verosímil ambos planos, el de la pintura principal y el del marco decorativo.

(Fragmento de Un altar entre las manos. Los libros de horas, s. XV-XVI, publicado por Cypress/Libros al Albur).



Libro de Horas del Maestro de Boucicaut


Con la signatura Additional 16997, en la Biblioteca Británica se halla depositado un precioso libro de horas para el uso de París, iluminado por el Maestro de Boucicaut (excepto la miniatura del folio 72v, que ha sido atribuida por Millard Meiss al Maestro de las Horas de Bedford).

Estas Horas están compuestas para el uso de París y su ejecución ha sido datada en el primer cuarto del siglo XV, es decir, en plena edad de oro de la miniatura francesa. Escritas en latín, con una elegante caligrafía gótica, poseen un formato de 16 x 11 cm y constan de 226 folios en pergamino. Su encuadernación actual, en piel marrón, es posterior al siglo XVI.


Crucifixión (folio 197v) 


El manuscrito está iluminado con 17 miniaturas mayores, con bordes decorados en color y oro (folios 21, 45v, 57, 63, 68, 72v, 77, 84v, 90, 111, 119v, 129, 137, 145, 153v, 163 y 171v), más dos iniciales historiadas con bordes parcialmente decorados (219 y 223). Asimismo, incluye iniciales decoradas y otras, de menor tamaño, pintadas con florescencias azules y rojas.



Natividad (folio 57) 


Se considera que el manuscrito perteneció a Étienne Chevalier (c.1410-1474), tesorero de Francia, ya que en el borde del folio 90 aparece su emblema, una dos E entrelazadas, creado por el célebre Jean Fouquet.



Presentación en el Templo (folio 72 v) 

Lo que más llama la atención de estas horas es el delicado equilibrio que impregna las iluminaciones: la escena principal, aunque su tamaño sea moderado, consigue destacar perfectamente entre la decoración, muy rica pero al mismo tiempo armoniosa y, hasta cierto punto, lógica y cabal (frente a los excesos en los que incurrirán los pintores en épocas posteriores). La composición de las miniaturas es exquisita, fresca, viva, con unas expresiones faciales encantadoras. La paleta del maestro iluminador es maravillosa, con una plasticidad rotunda y vibrante.

Nos hallamos, pues, ante un ejemplo paradigmático de la miniatura francesa clásica. Algunas muestras pueden consultarse en línea en el catálogo de la propia Biblioteca.







La figura de la paternidad en los libros de horas: revisión de un mito cultural

José Luis Trullo.- Si, en lugar de a los tópicos y prejuicios, nos atuviéramos a las pruebas de las que disponemos, tendremos que asumir que la propia noción de patriarcado resulta, culturalmente, de una endeblez espantosa. Aceptando que en la sociedad occidental tradicional ha existido un rígido reparto de atribuciones en función del sexo de las personas (aunque en modo alguno distinto al de cualquier otro grupo humano en cualquier época o latitud), lo cierto es que en el ámbito del arte, y en concreto en el de la pintura de manuscritos, la figura de la paternidad ha sufrido un olvido secular que nos resulta, cuanto menos, chocante.

Así, frente a la sobreabundancia de representaciones de la Virgen María con el Niño Jesús en toda clase de situaciones y actitudes (la inmensa mayoría de ellas, preñadas de conmovedora afectividad), resulta una tarea ardua, si no penosa, dar con algunas en las que aparezca San José con su propio hijo en escenas de una mínima intimidad. Una de ellas, encantadora por lo demás, es la que Jean Poyet incluye en sus Horas de Enrique VIII, en la cual Jesús extiende su mano hacia una pera que le está pelando José.



Otra miniatura excepcional donde podemos disfrutar de cierta "igualdad de género" en el contexto familiar es la que figura en el Libro de Horas de Catalina de Cleves, donde se reproduce a la Sagrada Familia en un interior doméstico: María aparece tejiendo, José trabajando la madera y el Niño Jesús dando sus primeros pasos en un andador. (Este último motivo aparece en algunos otros manuscritos, como en las Horas de Dulac, y en su sorprendente sencillez, resulta simpático y enternecedor).



Otra honrosa excepción (y, según H. K. von Liechtenstein, autor del libro de estudios que acompaña a la edición facsímil del mismo, absolutamente original en su momento) es la miniatura que figura en el folio 216 del Libro de Horas de Carlos V, en la cual vemos a José con el Niño de la mano, una escena que muy raramente volverá a merecer la atención de los maestros iluminadores.



La presencia de San José en las miniaturas de los libros de horas se limita, por lo común, a su aparición más o menos distante (en no pocas ocasiones, reducido a mero espectador) en la Natividad, no siempre en la Adoración de los Magos, en ocasiones en la Presentación en el Templo y, en cualquier caso, en la Huida a Egipto, durante la cual su papel consiste únicamente en tirar de las riendas de un asno. En una miniatura del Libro de Horas de Jeanne d'Evreux, por poner un ejemplo entre mil, podemos contemplar el desapego con el que ha sido representado José, si lo comparamos con la intimidad que preside la relación de la Virgen y el Niño.


Se aducirá que, como contrapartida simbólica y teológica, en la iconografía cristiana de todos los tiempos la figura de la paternidad se ve ampliamente resarcida con la abrumadora presencia de Dios Padre en todo tipo de tesituras. Tal vez sí, pero no debemos olvidar que se trata, sin excepción, de una representación alegórica y, en cualquier caso, remota e incluso espectral: Dios Padre aparece representado en las alturas, en un ámbito radicalmente heterogéneo a la experiencia humana; a menudo, se le pinta en una esquina, casi como un fantasma incorpóreo y ausente, o incluso (como en esta pintura marginal de las Grandes Horas de Rohan) en lo alto de un árbol.



No resulta forzado imaginar que esta naturaleza "evanescente" de Dios Padre es un correlato icónico de la escasa o nula presencia de los padres mundanos, de carne y hueso, en el seno del hogar: expulsados del mismo y condenados al destierro laboral, para sus esposas y su prole apenas quedaban reducidos a una referencia abstracta, casi ultraterrena. Nada que ver, pues, con el mito de la presencia opresiva y totalitaria de un padre omnipotente que se nos quiere imponer desde ciertos discursos "de género" en los últimos tiempos. Y es que, tal vez, debemos empezar a asumir una idea de difícil deglución para ciertos paladares: que el sexismo -que haberlo, lo ha habido- no ha perjudicado única y exclusivamente a las mujeres, sino a todas las personas por igual.




El Libro de Horas: cuna del sujeto moderno

José Luis Trullo.- El elemento esencial de un Libro de Horas, como se sabe, es su absoluta privacidad. Esto, desde la perspectiva de una época radical y hasta fanáticamente individualista, puede parecer muy poca cosa. No lo es. Por el contrario, supone una auténtica revolución, sobre cuyo alcance dudo que se haya incidido lo suficiente. Entremos en materia.

La religión cristiana posee una doble vocación: por una parte, invita al creyente a participar en la gran asamblea (ecclesia) de Dios, integrándose en un cuerpo unitario y supeditado, en cuanto destino colectivo, a la trascendencia; por otra, sin embargo, le pone ante el espejo de su propia responsabilidad individual, pues la suerte que ha de correr su alma por toda la eternidad depende de sus elecciones, de sus obras y de su fe. El difícil equilibrio entre ambos platillos de la balanza (el colectivo y el personal) marca las disputas teológicas del propio cristianismo prácticamente desde sus orígenes y hasta nuestros días, y también crea una tensión en el seno del propio sujeto, quien ha de dirimirla a cada momento en un escenario que, sin abusar, podríamos calificar de desgarro.

Bien. Desde sus albores y hasta finales de la Edad Media, la generación, la transmisión y la custodia de los textos sagrados corrían a cargo de la autoridad eclesiástica; sólo los miembros de una selecta casta privilegiada, los clérigos (ya fueran sacerdotes o monjes), podían acceder a ellos, de modo que los fieles debían confiar en y confiarse a sus dictámenes para "escuchar", de sus propios labios, la palabra de Dios. La misa era el momento en el cual la comunidad de los creyentes compartía con los clérigos algo a lo que, por lo común, les estaba vedado acceder (en primer lugar, por haber sido plasmado en latín, lengua que muy pocos laicos dominaban), con todo lo que ello supone de inferioridad de la sociedad civil respecto a la eclesiástica.

Esta relación de supeditación absoluta es lo que trasmuta el género de los Libros de Horas. Ya la mera posibilidad de poseer un volumen confeccionado exclusivamente a su medida, en el cual figurasen sus oraciones favoritas, los sufragios a aquellos santos por los que sentía predilección, o incluso en el cual podía hacerse retratar en presencia -¡nada menos!- de la mismísima Virgen María y el Niño Jesús (como ocurre en el f. 257 del libro de horas de la duquesa de Bedford, en el f. 97 de las Pequeñas Horas del duque de Berry o en el f. 90v del libro de horas de Catalina de Aviñón), o de Jesucristo resucitado (en el de Carlos VIII), debió parecerle a un individuo de finales de la Edad Media un auténtico giro copernicano. ¿Podemos imaginarlo? Lo dudo mucho.


Carlos VIII presentado ante Jesucristo por María Magdalena,
miniatura de Jean Poyet perteneciente al libro de horas
con la signatura MS M. 250 de la Pierpont Morgan Library de Nueva York


En pleno siglo XXI, todo lo que nos llega lo hace a través de canales que dominamos de manera personal y directa: libros, televisores, móviles, tabletas... Si algo no nos gusta, lo dejamos de lado; si nos molesta, lo cambiamos: somos nosotros, los individuos, quienes imprimimos nuestro sello a cuanta información tenemos acceso. En la Edad Media, la situación era exactamente la contraria. El sujeto dependía de una instancia externa para tener el mínimo contacto con los textos sagrados; tan solo contaba con su memoria para retenerlos, y poco más. Con los Libros de Horas, esta sumisión se acaba. Los laicos dejan de depender, de manera absoluta y casi totalitaria, de la autoridad eclesiástica para disfrutar de fragmentos de los Evangelios (los cuales, no lo olvidemos, no serán traducidos a una lengua vernácula de manera sistemática hasta el siglo XVI), del Salterio, del Breviario y todos aquellos textos que, hasta entonces, sólo habían alcanzado a escuchar pronunciados en bocas ajenas.

Bien es cierto que la gran mayoría de los escritos que incluyen los Libros de Horas -con la salvedad, no casual, de numerosos ejemplares flamencos y alemanes- seguían estando redactados en latín; sin embargo, era posible para su propietario utilizarlo como soporte mnemonéctico eficaz para su meditación privada, del mismo modo que hoy en día no son pocos los que entonan canciones en inglés sin conocer apenas dicho idioma.

¿Cabe insistir en la mutación radical que supone, para la conciencia personal de un hombre o una mujer de finales de la Edad Media, la posibilidad de disponer de un libro absolutamente único, totalmente privado, acerca de una temática tan decisiva para ellos como la religiosa? ¿Cómo iba a influir en su forma de relacionarse con la divinidad, a la cual puede, no sólo "leer", sino incluso "ver" corporeizada entre sus manos? No me cabe duda de que una experiencia de este calado se encuentra en el origen de la transformación mental y social que iba a desembocar, a no poco tardar, en los primeros atisbos de una conciencia moderna, independiente y soberana en su relación respecto a la humano y lo divino. Los Libros de Horas, sí, son la cuna del sujeto moderno: allí donde el espíritu medieval abandona su prosternación ante la autoridad institucional y reivindica su libertad y su responsabilidad personal ante Dios.




Aspectos sociales de los Libros de Horas


José Luis Trullo.- ¿Qué significaban para sus propietarios los libros de horas, y cómo los usaban? Gracias a los testimonios escritos y a las obras de arte, podemos hacernos una idea. Joan Evand describió el libro de horas como una forma de plegaria que tuvo su origen en las capillas de los castillos. Aunque esta definición quizás exagera la importancia de la nobleza en el nacimiento de este género bibliográfico, lo cierto es que el propósito fundamental de proporcionar de un devocionario personal a los laicos (desde reyes hasta duques, pasando por burgueses enriquecidos y sus esposas). Toda la población alfabetizada y pudiente, e incluso aquellos que no sabían leer, aspiraban a poseer uno. Al contemplar los ejemplos más suntuosos que han pasado a la historia tendemos a olvidar los miles y miles de ejemplares más humildes, confeccionados para un uso diario, que sólo por azar se han podido conservar, y que sirvieron para democratizar el acceso a los textos sagrados en una época en la que la Biblia estaba reservada a los clérigos y los monjes. Los libros de horas constituyen un vehículo entre la cristiandad más intelectual y refinada y la devoción popular, más primitiva y emotiva; sería un error contemplarlos como una mera colección de estampas piadosas, o ceñirse tan sólo a sus obras capitales.



Se ha dicho en ocasiones que los libros de horas reflejan tanto la piedad como la vanidad y opulencia de sus propietarios. Hay algo de cierto en ello, aunque deberíamos evitar juzgar, con la perspectiva de más de quinientos años, la mentalidad y sensibilidad de los hombres y mujeres cuyos manuscritos tenemos ahora en nuestras manos: la relación entre un alma y Dios es uno de los misterios más privados. En la Edad Media, la piedad era un importante modo de expresión personal, obligatorio para los religiosos ordenados y asumido libremente por la inmensa mayoría de los laicos. Por ello, a menudo resultaba difícil mantener la religiosidad al abrigo del lujo y otras pulsiones humanas. No fue hasta mucho después, con el Puritanismo, cuando se empezó a poner en cuestión la sinceridad de cierta ostentación relacionada con ella; por ello no existen libros de horas cuáqueros.

Mención aparte merecen los libros de horas encargados por el Duque de Berry. Se trataba de un coleccionista compulsivo de las más refinadas obras de joyería, orfebrería y manuscritos iluminados, hasta el punto de que los que le pertenecieron se han convertido en paradigma casi absoluto de un género que, por el contrario, resulta mucho más variado y multiforme de lo que se pueda pensar, llegando a hacernos creer que sólo los ricos tenían un libro de horas.




Lógicamente, las circunstancias y el temperamento eran los que determinaban qué uso le daba a un libro de horas su propietario, si bien las alusiones que a este respecto nos brindan los cronistas medievales son demasiado precisas como para pasarlas por alto. Resulta fácil despreciar como un ejemplo de banal coquetería la presunción de que un gran hombre dijera diariamente sus Horas, recitase las Vigilias de los Difuntos antes de acostarse y sacase tiempo para oír dos o tres misas cada jornada. Algunas anécdotas, sin embargo, nos invitan a replantearnos este prejuicio. Así, en las fuentes históricas se nos cuenta que el viejo Arturo III, Duque de Bretaña, el martillo de Inglaterra, recitaba sus Horas de rodillas el día en que murió (al igual que Isabel I, rechazó hacerlo en la cama). La frívola Reina Isabel de Baviera, esposa de Carlos VI, poseía varios libros de horas que leía por la noche, lo cual queda atestiguado en las anotaciones contables de palacio referidas al nutrido gasto que hacía en velas, palmatorias y lámparas de marfil. Felipe el Bueno de Borgoña estaba leyendo un libro de horas en la capilla de su palacio en Bruselas, después de la misa, cuando se desencadenó la colosal bronca con su hijo Carlos descrita en la Crónica de Monstrelet. Enrique VI de Inglaterra recitaba el Pequeño Oficio todos los días, como podía esperarse de un candidato a la santidad que quizás habría sido canonizado de no ser por la mezquindad de Enrique VII. Margarita Beaufort, Condesa de Richmond, madre de este último, comenzaba sus devociones a las cinco de la mañana leyendo los Maitines con una de sus damas. Al informar de este hábito a su gobierno, el embajador de Venecia observó que "los ingleses que sabían leer, tomaban el Oficio de Nuestra Señora y lo recitaban en voz baja, siendo acompañados por el resto como si estuvieran en un convento". Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII, recitaba este Oficio diariamente de rodillas. Sir Tomás Moro recitaba los Maitines, los siete Salmos penitenciales, la Letanía y, con frecuencia, los Salmos graduales. Un visitante de Esher Place, uno de los domicilios del cardenal Wolsey, halló a Thomas Cromwell apoyado en una ventana mientras leía sus Horas.



Existen numerosas pruebas que atestiguan el uso frecuente de los libros de horas. Las cubiertas de los ejemplares que han sobrevivido están gastadas, el calendario se ha perdido, los bordes de las páginas tienen marcas de pulgar, hay manchas de cera procedente de las velas utilizadas para consultarlos, e incluso en las páginas en blanco y no pocos márgenes se copiaron plegarias adicionales por una mano distinta a la del escriba original. Muchas páginas de las Horas de Felipe el Temerario están negras del uso. El hecho de que no pocos libros de horas hayan sobrevivido en un estado casi inmaculado no implica necesariamente que su dueño sintiese indiferencia por él, sino más bien que poseía varios: un ejemplar para uso cotidiano y otro reservado para ocasiones especiales.

De los testamentos e inventarios que se conservan se deduce que los libros de horas eran vistos como objetos valiosos e importantes, hasta el punto de que sus propietarios dejaban instrucciones muy preciosas sobre el destino que querían darles tras su muerte. Así, en el testamento de Blanca de Navarra, esposa de Felipe VI de Francia, se citan tres libros de horas distintos: legaba el más valioso a su "hijo" (en realidad, su nieto) el Duque de Berry, el segundo a su hermana Juana de Navarra y el tercero a la que sería Reina Juana d'Evreux, la cual como sabemos también encargó uno para sí misma. Por otro lado, el inventario de Margarita de Bretaña, primera esposa del Duque Francisco II, incluye una lista de quince volúmenes que le pertenecían a su muerte, acaecida en 1469, de los cuales cinco eran libros de horas (dos de ellos, Grandes Horas para el uso de París) que, por ciertas alusiones, deducimos que había recibido -al menos, en parte- de sus antepasados. Estas referencias demuestran la tesis de que una única persona podía perfectamente ser propietaria de varios libros de horas, algunos de ellos heredados de sus propios parientes.


(Fragmento de Un altar entre las manos. Los libros de horas (siglos XIV-XVI), de próxima publicación en Libros al Albur)



Devocionario de Michelino


José Luis Trullo.- El llamado Devocionario de Michelino es un manuscrito depositado en la Biblioteca Morgan de Nueva York. Consta de 99 folios en vitela y mide 17 cm de alto y 12 cm de ancho. La datación más probable de su composición se remonta hacia 1405-1410, y se desconoce para quién fue confeccionado con exactitud. El manuscrito, en la actualidad, consta de 22 miniaturas a toda página, frente a cada una de las cuales figura el texto de una oración, caligrafiado por un único escriba; ambos folios enfrentados presentan un marco decorado de manera muy similar, lo cual imprime al conjunto cierta unidad, no siempre presente en otro tipo de devocionarios. Según los estudiosos, es probable que algunos marcos fueran pintados por algún ayudante de Michelino, así como también ciertas figuras de santos. 25 páginas con plegarias han perdido sus miniaturas.



Todos los devocionarios se organizan de acuerdo con la liturgia, consagrada a las festividades y a los santos del calendario eclesiástico. Se abre con la Natividad, el nacimiento de Jesús, y concluye con la imagen de Santa Lucía (folio 89v), acompañado por una página de texto con una oración para el 13 de diciembre. Gracias a la conservación de la mayoría de las páginas con plegarias, se ha podido reconstruir el devocionario prácticamente en su totalidad. Asimismis, rey de Francia, Luis de Toulouse y Martín de Tours, los cuales fueron venerados por los Visconti de Pavía, también retratados en el libro (aunque no es seguro que éste les perteneciera). La hipótesis que se permite deducir de todos estos datos es que las páginas perdidas pudieron ser arrancadas por los descendientes de la casa Visconti, molestos por el hecho de que su herencia había sido vendida. Por todo ello, en su estado actual el devocionario carece de cualquier referencia al rango del propietario, así como a aquellos otros aspectos que suelen personalizar este tipo de libros de horas.



El devocionario debe ser tomado en el contexto del servicio litúrgico, iluminado por velas parpadeantes, rosetas iluminadas por la luz del sol y vidrieras de múltiples colores, ambientado tal vez por música y perfumado aromas de incienso. Todo este ambiente encantado parece haber invadido el libro de Michelino, cuyas etéreas tonalidades e ingenuas composiciones, aún teñidas de la espiritualidad medieval, imprimen al conjunto de una íntima devoción, sincera y profunda. Es de suponer que la experiencia previa del artista como vitralista le sirvió para plasmar con gran habilidad la luminosidad cromática en su manuscrito, la cual se traduce en unas figuras ligeras y una austeridad carente de artificios gratuitos.

Como advirtió en su momento Pächt, tres escenas del manuscrito de la Biblioteca Morgan retoman otras pintadas antes por Michelino para un libro de horas para el uso de Pavía, y que en la actualidad se conservan en la Biblioteca Municipal de Aviñón con la signatura Ms. 111. Entre la composición de uno y otro libro se cree que transcurrieron más de diez años, y ello se deja notar en la configuración de la miniatura, bastante más simple y sintética en el ejemplo más temprano.

Uno de los aspectos que más llama la atención de este devocionario es la abundante presencia de animales en las escenas, entre ellos caballos, camellos, un buey, un halcón, pajarillos y hasta un leopardo. Se cree que, como protegido del Duque de Visconti que fue, pudo acceder al zoo privado del que éste disponía, lo cual le facilitaría los apuntes del natural.



Tanto las miniaturas como las páginas destinadas al texto de las oraciones aparecen enmarcadas por una especie de estructura de enredadera vegetal plagada de hojas y flores rítmicamente dispuestas, en una organización muy distinta -y más sencilla y equilibrada- que los arabescos profusamente enroscados de los libros de horas flamencos. De un modo bastante original, en numerosas miniaturas las flores del marco aparecen replicadas dentro de la misma, lo cual confiere a la lámina una impresión de unidad y fluidez muy característica. La presencia de flores en un texto religioso no debe sorprender, ya que se las suele utilizar simbólicamente como un signo de belleza trascendente y salvación espiritual. Así, la elección del frijol o flor de guisante para enmarcar la escena del entierro de Cristo (folio 24v) se debe a que, según el enciclopedista borgoñés Pierre Bersuire, dicho flor era un símbolo del propio Cristo encarnado; asimismo, los girasoles azulados del borde de la Resurrección (folio 26v) representan el equivalente simbólico del sacrificio cristiano, la Eucaristía: así como el cuerpo de Cristo está presente en la hostia, hecha de trigo, Su sacrificio se manifiesta por la presencia de las flores celestiales creciendo en los campos entre las mieses.



La importancia del contexto vegetal en un libro que todavía pertenece, por su datación, a la Edad Media, ha permitido a los analistas proponerlo como precursor del gusto por la naturaleza que iba a caracterizar al inminente Renacimiento. De hecho, en la corte del Duque de Visconti se respiraba un interés creciente por los estudios naturales, hasta el punto de que en la misma se crearon numerosos herbarios iluminados. Lo mismo estaba ocurriendo también en las vecinas cortes de Carrara y de Padua. La abundancia de ediciones ilustradas del Tacuinum Sanitatis -un manual de higiene basado en tratamientos con plantas medicinales- que se han datado en esta época, en las cortes del Norte de Italia, atestiguan dicho interés.

Por su parte, la representación de la figura humana por parte de Michelino resulta bastante llamativa. Así, por ejemplo, muestra a los apóstoles con un aspecto bastante rústico, incluso rozando la caricatura, de manera que su escaso sentido de la compostura parece que trata de transmitir la urgencia de su misión espiritual en la tierra. No pocas miniaturas (caso de la Presentación en el Templo, el Lavado de los pies, el Hallazgo de la Vera Cruz y la Ascensión) comparten esta visión del cuerpo humano poseído por la voluntad divina.




Libro de Horas de Gian Galeazzo Visconti


Al final de su vida, el duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti, encargó una serie de magníficos volúmenes dedicados a la representación del mundo natural y de la medicina, así como de libros de carácter religioso; entre ellos, se encuentra el conocido como Libro de Horas Visconti, actualmente depositado en la Biblioteca Nacional de Florence con las signaturas Mss. BR 397 y LF 22). Se trata de un devocionario que incluye, aparte de las clásicas Horas, una buena cantidad de salmos. Consta de dos tomos y está profusamente ilustrado con miniaturas a toda página (38) y otras de menor tamaño, aparte de los bordes ornamentados y 90 iniciales historiadas.




La fecha de composición del libro no es segura, aunque por su estilo e iconografía se considera que la confección del primer tomo se remonta hacia el año 1388, año del nacimiento de Giovanni Maria, primogénito de Gian Galeazzo y Caterina Visconti, mientras que el segundo pudo retrasarse hasta 1428. Escrito en latín empleando caligrafía gótica, fue pintado por Giovannino de Grassi, Luchino Belbello da Pavia y los hermanos Amadeus.

A finales del siglo XIV, Giovannino de’ Grassi y su taller pintaron los folios iniciales del manuscrito, con un estilo muy peculiar en el cual la escena quedaba iluminada por los rayos dorados que irradian los santos y los profetas, provocando un efecto característico. Asimismo, muestra un mimo extremado en la reproducción del mundo natural y los paisajes, para lo cual utiliza colores brillantes y efectos de sombreado que imprimen relieve y profundidad a los mismos.




La muerte del futuro propietario en 1402 provocó la interrupción del trabajo de los pintores. No fue hasta que el segundo hijo de los Visconti, Filippo Maria, encargó su prosecución a Belbello da Pavia que pudo ultimarse la iluminación del manuscrito. Sus miniaturas son muy detalladas y muestran un estilo elegante, cortesano y muy equilibrado; los bordes manifiestan una gran variedad e imaginación icónica.

La estructura de este libro de horas es poco convencional: por ejemplo, carece del clásico calendario que suele aparecer al principio de todos los volúmenes de este género. Carece también de otras secciones habituales, como el Oficio de difuntos o los Sufragios. La presencia de episodios extraídos del Antiguo Testamento es muy amplia, en perjuicio de las escenas de la vida de Cristo (ni siquiera se plasma la Crucifixión). La representación de la Santísima Trinidad brilla por su ausencia. A cambio, se incluyen numerosísimos salmos, un ciclo sobre la Creación y otro sobre Moisés. El libro concluye con la imagen de Jesús Redentor.




Como decimos, se trata de un manuscrito bastante extraordinario, por poco común y también por haber sido iluminado con un estilo pictórico poco homogéneo. Junto a miniaturas de una extraordinaria calidad técnica (la Adoración de los Magos, la Muerte de la Virgen o los Israelistas cruzando el Mar Rojo son prodigiosas), otras -especialmente, las iniciales historiadas- se nos antojan bastante toscas y desentonan en el conjunto, perjudicando el resultado global.

Sea como fuere, estamos ante una obra suntuosa, abrumadora incluso, por su extensión (más de 600 páginas) y por la ambición de sus creadores. Existe una edición facsímil íntegra de la misma, de alto precio, y otra que recoge únicamente las miniaturas, más económica.



Libro de Horas de Catalina de Cleves


El Libro de Horas de Catalina de Cleves es un manuscrito datado en 1440, aproximadamente, en la ciudad holandesa de Utrecht. En la actualidad se encuentra depositado en la ciudad de Nueva York, en la Pierpont Morgan Gallery, con las signaturas M. 945 and M. 917. Fue iluminado por un único maestro pintor, de identidad desconocida, y caligrafiado también por un solo escriba. Su formato es de 192 x 130 mm.



Este libro ha sido descrito como uno de los más célebres, no sólo de la escuela flamenca, sino de todos los manuscriptos medievales. Su notoriedad procede tanto del número de sus miniaturas como de la calidad y el contenido de las mismas, que plasman muchas escenas de una manera nunca vista en el género. La supervivencia del códice conoció múltiples peripecias (fue dividido en dos a mediados del siglo XIX, y aún no se han recuperado once láminas extraviadas).




Consta de 369 láminas y 157 miniaturas, de las cuales 32 son a toda página y 136 a media página, pintadas sobre un pergamino de gran calidad con una técnica depurada. Aun así, el diseño de los bordes resulta algo desconcertante: los hay de gran originalidad y detalle, mientras otros (como es el caso de la miniatura dedicada a San Ambrosio, flanqueada por valvas de mejillones) resultan muy decepcionantes.

Una de las características de este libro de horas es la abundancia de miniaturas dedicadas a escenas del Evangelio, las cuales no sólo se hallan en sus ubicaciones habituales (el Oficio de la Virgen, principalmente), sino que se encuentran en varias secciones, como las Horas del Santo Sacramento (Cena en Emaús y Última cena), y sin respetar ninguna secuencia temporal. Los episodios evangélicos plasmados en el manuscrito son los siguientes: Anunciación (10), Visitación (11), Adoración de los Magos (12 y 116), Huida a Egipto (13), Agonía en el Jardín (16), Prendimiento (17), Cristo ante Caifás (18), Humillación de Cristo (19 y 23), Cristo ante Pilatos (20), Cristo ante Herodes (21), Flagelación (22), Cristo portando la Cruz (24), Preparación de la Cruz (25), Crucifixión (26 y 96), Desprendimiento (28), Lamentación (29), Santo Entierro (30), Resurrección (31), Cristo de pie ante la Cruz (87), Sagrada Familia (92 y 93).




Aparte del facsímil del manuscrito completo, de alto precio, las miniaturas de este libro de horas se editaron en un volumen más económico, con un comentario pormenorizado lámina por lámina.